Rodrigo Salinas: «Tengo humor para matiné, vermut y noche»

Grandes Éxitos recopila la temprana obra gráfica del dibujante y comediante Rodrigo Salinas, esbozada entre los años 1992 y 2011 y publicada en numerosos fanzines y publicaciones independientes de la época. A propósito de ella, nos reunimos con el autor para reflexionar sobre el cómic, sus alcances y su propio lugar dentro de la tradición nacional.

Por Daniel Hidalgo | Fotos: Mónica Molina

Es mediodía en Santiago y Rodrigo Salinas está sentado frente a una mesa blanca, en medio de una sala blanca, con ventanales que dan a la calle de un edificio en una soleada Providencia. De fondo, un teléfono no ha dejado de sonar y no dejará de hacerlo durante gran parte de esta entrevista. Sobre la mesa, una bebida en lata y dos libros de su autoría. El primero de ellos, su propia copia de una ya inexistente compilación titulada La calma después de la tormenta (Aplaplac, 2005) y, a un costado, Grandes éxitos (Planeta, 2018), su más reciente publicación. Ambas, con más de una década de distancia, apuntan más o menos a lo mismo: indagar en la obra gráfica del que resulta ser uno de los dibujantes más interesantes, inquietos y delirantes de nuestra panorámica local.

—Es chistoso esto de la novela gráfica —comenta, revisando las páginas de sus libros—. Me acuerdo que una vez leí que iba a salir la primera novela gráfica chilena, Road Story del gran Gonzalo Martínez y Alberto Fuguet, y me la fui a comprar, y cuando empiezo a revisarla me doy cuenta de que era un cómic, yo les decía cómics.

Más conocido y reconocido, quizá, por su paso por la televisión (31 minutos, El club de la comedia), Salinas ha acumulado un importante prontuario de historietas tanto en el mundo under como masivo, en un espacio que va desde las publicaciones en revistas independientes como La Calabaza del Diablo, hasta el suplemento Wikén de El Mercurio. Ahí conviven Arturo Prat is not dead, Rata Galdames, El Reino del Sí, Perro con chaleco, Gato con shores o Carlitos Marx. Un universo tan personal como único: “Ahora me interesa a mostrar este lado porque, como volví a dibujar, quiero ver lo que dibujaba antes”, comenta. “Paré el 2011, fue una decisión, porque no estaba logrando en dibujo lo que quería mostrar, me pasé a la música, a otras cosas, a la comedia, que me ha quitado harta energía pero me ha enseñado a hacer mejores chistes”.

¿Y ha cambiado tu mano en este tiempo?

Lo que estoy haciendo ahora es un cómic que se va a llamar Chilezuela, siento que da el tono exacto de comedia y, sí, estoy dibujando mejor que a los veinte años. Yo lo intuía en todo caso, porque sé que la carrera de dibujante es una maratón, la gente que dibuja muy bien es porque ha dibujado toda la vida y la que dejó de dibujar, cuando lo retoma, tiene muy buenos resultados. Yo vi en la carrera de Artes en la Chile gente que no sabía dibujar y en cuatro años aprendía, porque es un oficio, se aprende, se puede enseñar.

Es relevante ese paso por la carrera de Artes porque cuando uno revisa tus cómics se da cuenta de que hay distintas técnicas, de otros lados, grabado, montaje, collages.

Es una mezcla de cosas, yo partí dibujando como todo el mundo, inspirado en alguien, copiando. Al comienzo le copiaba a Themo Lobos, una vez hablé con Peirano y me contó que él también partió mirando las caras que ponían sus personajes. Después me fijé en Hervi, que es clave, la manera en que resuelve algunas cosas, la línea clara, por ejemplo. Cuando entré a la U se me ensució un poco el dibujo, con xilografía y litografía, pero me sigo considerando línea clara, que es una escuela que viene de los belgas, de Hergé (Las aventuras de Tintín), que hace un dibujo que se ve bien, que representa lo que es, no tiene achurado.

Además hay una intencionalidad en tus trabajos de hacerlos parecer naif, sencillos, casi infantiles.

Sí, porque siento que el dibujo tiene que ser un soporte del texto, se tienen que entender ambas cosas, porque mi idea siempre ha sido comunicar a través de la historieta. Cuando sentí que estaban quedándome muy crípticas, tomé distancia.

Pero hay buenas reflexiones sobre el arte de hacer cómics en ese periodo, como en Gordon y Sullivan, sobre si es más importante el dibujo o el texto.

Me encanta eso, pero ahí dejé de dibujar. Cuando me di cuenta de que lo que importaba era el lector, que no pierda el entusiasmo en la historia. Por otro lado, estamos hablando de un lenguaje que es universal: las viñetas, las secuencias, la gente ya tiene internalizado ese lenguaje. Algo que me da mucha risa, por ejemplo, es que los japoneses  lo entienden igual aunque lo leen al revés, ¿cachái? (risas). Leen manga al revés, eso es impactante.

Siempre practicas este homenaje a la tradición de la historieta, una suerte de rescate a través de guiños, de parodias, del mundo universal pero también puntualmente con la tradición chilena.

Tiene que ver con la influencia generacional. Todos leímos Mampato, es impresionante el impacto que tuvo en tanta gente, en el caso de Hervi, crecimos con sus ilustraciones, recuerdo haberlo hablado con Christiano, si no lo hubiéramos visto, quizá no habríamos dibujado. Hay una especie de respeto a los maestros, siendo que no hicieron escuela directa, porque esta se rompió en algún momento, me encantaría decir que fue por culpa de Pinochet, pero no creo que haya sido por eso (risas). Venía Coke, después Pepo, después Hervi y ahí se rompe. Entonces, somos admiradores de Hervi, mas no discípulos.

¿Dices que se rompe porque se diversifica?

Lo que pasa es que, antes, el oficio de dibujante de cómics se aprendía de un maestro, los dibujantes se reunían a dibujar y aprender, en la época de oro del cómic chileno, cuando dibujaban para toda Latinoamérica. Estaba Pepo, Mario Igor, Hervi, Themo Lobos, Óscar Vega (Oskar), Máximo Carvajal y Jorge Pérez Castillo, de quien cada vez me convenzo más que es el mejor. Jorge es sindicado como un precursor del estilo de Hugo Pratt (Corto Maltés) porque trabajaron juntos en Argentina, se influenciaron. Entonces es un tipo muy importante a quien no se le ha dado la relevancia que tiene, no hay un libro de él. Lo que está pasando con esta nueva generación de oro de Gabriel Rodríguez, Nelson Daniel, Alan Robinson o el mismo Martínez, que están dibujando para afuera y les va la raja; que ya tengamos dos premios Eisner, bueno, y que Historia de un oso se haya ganado un Oscar, eso de verdad evidencia un boom muy fuerte de dibujantes chilenos.

Universo Extendido Salinas

Las imágenes son variadas y rondan por el inconsciente colectivo reciente. Salinas vestido de carabinero, en diversos gags de El club de la comedia y en la consecutiva película Fuerzas especiales (2014), Salinas interpretando a Mario Hugo, Juanín Juan Harry y Mario Hugo en 31 minutos, Salinas actuando de un periodista de provincia en la celebrada comedia La mentirita blanca (2017), Salinas con guitarra en mano encarnando un cantante incomprendido llamado Chopico. Todas versiones de una misma búsqueda. Y es que parece que para Rodrigo Salinas el cómic es otra trinchera más a la hora de crear mundos y personajes: “Encuentro que el cómic es una herramienta y que cada autor lo puede usar como quiera”, dice.

Tus cómics ahora están en librerías, pero vienen de fanzines, de circuitos reducidos, sin embargo tienes toda una imagen de actor, comediante, creativo, cantante. ¿Cómo conviven esos mundos en ti?

Por horario (ríe). Tiene que ver con las obsesiones, por ejemplo lo de la música, lo hice como pega en 31 minutos y en El club de la comedia, cuando cambiábamos letras de canciones, pero no caché lo que estaba haciendo. Después cuando me tiré a inventar canciones como Chopico, dije “ah pero esto yo ya lo sé hacer un poco”. Lo que más me ha costado, como no tocaba guitarra, es inventar melodías con la guitarra…

Componer…

Claro, eso me ha costado un montón y cuando invento una canción, después la evalúo durante un par de días porque pienso que lo más probable es que la haya copiado. Cuando ya me cercioro de que no la copié, la canto en mis shows de stand-up, y si la gente se ríe, la sigo cantando.

Claro, porque si hay algo que une todos estos mundos tuyos, es el humor.

Sí, porque como me presento seguido haciendo stand-up, armo canciones en la semana y la forma que tengo para mostrar eso es en los shows. Tiene que ver con lo artístico también, aunque el dibujo es otra cosa. Es más solitario. Eso lo hago cuando estoy solo en la casa, ahí dibujo y creo historietas, ahí de repente invento una canción y algunos chistes, sin saber si se convierten en otra cosa más adelante. Me he obligado a ponerme rigor artístico en ese sentido. Una semana buena es cuando hago muchos chistes, muchas canciones y muchos dibujos.

¿Cómo decides en qué desemboca cada idea?

Generalmente son ideas que tienen que ver con el tono, si son ideas más ordinarias y groseras, las dejo para el stand-up de la noche porque da para eso. Tengo humor para matiné, vermut y noche. Así divido las ideas.

¿Y los comics serían matiné o vermut?

No, en el comic soy más político.

Con harta contingencia, también.

Sí, en la medida de lo posible. Porque, por ejemplo, en este Grandes éxitos, está La Isla del No y hay un tema que no se resuelve aún ahí. Pasa sobre todo cuando trabajo en ese lapso de tiempo, la dictadura, la vuelta a la democracia, todo lo que no hemos podido solucionar como país, la leo y me da la misma pena que cuando la hice. Básicamente preguntarse ¿dónde están?

Historias como esas además conviven con Arturo Prat is not dead o su continuación, Los viajes de Massachusetts…

Esa en particular, quedó extrañísima, yo no la entiendo todavía.

Pero tiene un alto contenido artístico, es sofisticada… es bonita, además.

Sí, es que ahí quería contar un delirio, ese personaje parte la aventura intoxicándose. Ahora, ese Arturo Prat me gusta mucho, es uno que podría estar siempre volviendo, después de tantos años.

¿Sientes que el cómic tiene esta carga de ser un relato del país que lo produce o lo ves como una forma independiente de expresión?

Me encanta que haya diversidad, me gusta mucho el cómic autobiográfico, me gusta también el experimental. Me gusta el formato, ¿cachái? Los superhéroes, que los critican harto, también son muy entretenidos y tienen un despliegue visual que no da en otros formatos de cómic. Me gusta harto Jason, él es súper silencioso, tiene una historieta que se llama Shhh! y es todo en silencio, a los personajes les pasan muy pocas cosas, conversan y después se quedan callados, como la cámara fija en el cómic, que avanza y no pasa nada. Los últimos trabajos de Moebius eran así, los personajes iban todo el rato conversando y decían “esta historia no va para ningún lado”, pero no dejaban de caminar. Piensa que en un cómic el autor se puede demorar caleta en dibujarlo y, al final, la persona lo lee en dos segundos. Entonces hacemos un arte que se acaba muy rápido.

¿Cómo definirías tu estilo?

Lo mío es un cruce entre la línea clara y no sé qué.

Es experimental, igual, en el fondo.

Bueno, sí, sí.

Y cómico. Sobre este tema, pasa que el humor también va cambiando y a veces las sociedades van cambiando más rápido que el humor.

Se va normando el humor.

¿Y qué hace ahí el que trabaja con el humor?

Mira, humor es lo que da risa y lo que da risa no necesariamente va cambiando, pero hay una ecuación que dicta que la comedia es tragedia más tiempo. Es como cuando pasa algo terrible y alguien se ríe, esa persona está a destiempo. Quizá en algunos años más eso será gracioso pero no en el momento. La risa no tiene nada de malo, es un reflejo del cuerpo, que se suelta, generalmente nos reímos de cosas que nos dan vergüenza, aunque también de cosas que no entendemos, de ahí viene la burla que eso ya empieza a ser dañino, de ahí el bullying, la agresividad y la violencia. Eso ya no es humor. Pero reírse así como acto, es súper bueno.

Pero hay como una sensibilidad distinta hoy, que ha centrado su foco, entre otras cosas, en la forma de hacer humor, de qué reírse y de qué no.

Bueno, dicen que no pueden reírse de esto porque a alguien le molesta y perfecto, hoy no nos vamos a reír, pero en unos años más nos volveremos a reír de esas cosas.

Tendría que ver con el contexto…

Todo tiene que ver con el contexto.

Pienso también en cuando hay algún comediante en el Festival de Viña, al revisar las redes sociales hay un montón de normas que comienzan a dictarse de que el humor incorrecto no va, que un comediante fue machista, otra vulgar, otro demasiado político, otra ofensiva.

Es un buen punto ese porque hay algo real y algo de las redes sociales, quienes ven las cosas con distancia por la televisión. También hay un montón de gente que opina a partir de lo que lee, lo replica. Y por otro lado está el público que está en el show, que se está riendo y eso es lo importante, nadie los ha comprado, no son cómplices, se ríen porque se les salió la carcajada no más y eso es lo real.

Eso se replica, de alguna forma, en los dibujantes. Pienso en Robert Crumb y el uso de los estereotipos y su lado más erótico, o en Milo Manara, también.

Robert Crumb es extraordinario, él es cómic autobiográfico crudo y del tiempo de los hippies, si uno lo ve ahora puede encontrarlo fuerte pero en el contexto del amor libre de los años 70 se entiende perfecto. En ese sentido, muestra algo de su época, es un clásico como el disco de Pink Floyd. Milo Manara es como el padre del erotismo, o de la pornografía, porque tiene cosas evidentemente pornográficas, pero si uno ve con atención la obra de Manara, dibuja todo, es impresionante, con un detalle obsesivo, todas las hojas del árbol, todos los pelos de una cabeza, es un virtuoso al nivel de Coré, su achurado es impresionante. Tiene una historia en la que Fellini le hizo el guion, Viaje a Tulum, es extraordinaria. Toda esta sensibilidad es posterior, ¿Crumb se entiende en el 2019? En su contexto de amor libre y LSD, claro que sí. Además Manara y Crumb muestran sus perversiones, que es algo que el común de la gente esconde, ellos hicieron algo artístico con eso.

Vía: Biblioteca Viva / Rodrigo Salinas: «Tengo humor para matiné, vermut y noche»