El cuento de la criada: Distopía feminista que sigue estremeciendo

Una de las obras más reconocidas de la escritora canadiense Margaret Atwood vuelve a despertar la atención de los lectores ante la vigencia de su poderosa crítica al trato a la mujer en la sociedad. Te invitamos a conocer un poco más de este relato en palabras de Camila Vargas, mediadora de lectura de Biblioteca Viva Trébol.

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Han pasado tres años desde que leí El cuento de la criada por primera vez, pero la contingencia hace oportuno hablar de ella ahora, cuando el triunfo de Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos ha motivado artículos de revistas tan importantes como The New Yorker y Vanity Fair en torno a la obra de Margaret Atwood, publicada por primera vez en 1985. La razón se debe a que esta distopía feminista – algo desconocida si la comparamos con las populares Fahrenheit 451, Un mundo feliz o 1984 – muestra un futuro en el que tras el asesinato del presidente de Estados Unidos comienza un régimen teocrático amparado en la coartada del terrorismo islámico donde las mujeres, divididas en cinco categorías según su utilidad para la sociedad, carecen de cualquier derecho reproductivo y sus cuerpos pertenecen al bien público, según el cual solo sirven para traer hijos al mundo (nada nuevo en lo absoluto).

Puesto que que en la actualidad, durante los próximos cuatro años, las mujeres de los Estados Unidos serán gobernadas por un hombre que no vaciló en declarar “puedes agarrarlas de la vagina”, un gran número de norteamericanas se ha manifestado por la defensa de sus derechos. Una de estas protestas pacíficas fue convocada en marzo pasado, cuando un grupo de mujeres se presentaron en el capitolio del estado de Texas caracterizadas como las doncellas de la obra de Atwood, a fin de oponerse a leyes que restringirían la posibilidad de acceder a un aborto legal y seguro.

Protestas en Estados Unidos.

Mujeres en EE.UU. protestan caracterizadas como las doncellas de la obra de Atwood.

Entrando en el universo de la novela, su protagonista es Offred quién nos introduce en su historia a través de flashbacks que nos explican cómo era su vida, cómo se llegó a crear la dictatorial República de Gilead en la que está inmersa y cómo es posible que solo sus líderes pueden gozar de tener “familias”, las que consisten en disponer de tres mujeres: una Esposa, una Martha y una Criada. La primera, aunque infértil, es la dueña de casa que viste de azul y quien lo acompaña en actividades sociales; la segunda es la sirvienta que realiza los quehaceres del hogar y viste de verde; mientras que la criada viste de rojo con una caperuza blanca y tiene como única función servir de vientre intermediario. En efecto, tras ser detenidas y reacondicionadas por las Tías, estas mujeres fértiles son asignadas por un período de dos años a la casa de un Comandante. Durante ese tiempo, asisten a una lectura diaria de la Biblia que el patriarca realiza cada noche pero por sobre todo participan de un rito mensual de fecundación.

“Detrás de mí, junto a la cabecera de la cama, está la esposa, preparada. Permanece con las piernas abiertas, y entre éstas me encuentro yo, con la cabeza apoyada en su vientre y la base del cráneo sobre su pubis, mientras sus muslos flanquean mi cuerpo. Ella también está completamente vestida. Estoy con los brazos levantados; ella me sujeta las manos con las suyas. Se supone que esto significa que somos una misma carne y un mismo ser. Pero el verdadero sentido es que ella controla el proceso y el producto de éste, si es que existe alguno” El cuento de la criada (1985).

En la narración su protagonista, Offred asegura que el rito junto a la esposa y el comandante “tampoco es una violación: no ocurre nada que yo no haya aceptado. No había muchas posibilidades, pero sí algunas, y ésta es la que yo elegí”. La otra alternativa a la que se refiere la protagonista es el fin que le espera si fracasa luego de sus tres oportunidades de concebir: la ejecución o ser enviada en condición de No-mujer a las colonias donde limpiará residuos tóxicos hasta que muera carcomida por la radiación.

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Margaret Atwood [Créditos fotografía: Chris Boland]

Creo que en cada distopía se esconde un temor fundado que impulsa al autor a escribir, no con el fin de entretenernos sino a modo de advertencia sobre lo que podría suceder si no hacemos algo respecto a nuestro presente. Lo perturbador de esta creencia es que si en 1985 Atwood consideró pertinente llamarnos la atención sobre el mal trato hacia las mujeres y aún nos parece un relato aterrador es que como sociedad no hemos logrado asegurar los derechos básicos que más de la mitad del mundo necesita para vivir sin miedo.

En el centro al que llevan a las que cumplirán el rol de criadas, se les enseña a convertir la resistencia natural que provoca la injusticia en sumisión absoluta. Tía Lidia, una de las instructoras, les dice: “Ahora mismo esto no os parece lo normal, pero dentro de un tiempo lo será”.

Así como el estratificado sistema de castas continúa siendo una realidad y las criadas efectivamente existieron, la violencia sistematizada en contra de la mujer no se detiene ahí: la ONU sostiene que 200 millones de mujeres y niñas vivas actualmente han sido objeto de la mutilación genital femenina, práctica que no hace más que reforzar la idea de que solo servimos para “prestar el cuerpo” al feto en gestación. Por su parte, la UNICEF indica que solo en África subsahariana, 4 de cada 10 niñas son forzadas a casarse antes de los 18 años y una de cada ocho lo hace antes de los quince. En lo que va de año en Chile, ya se cuentan 13 feminicidios consumados y 22 frustrados, esto según cifras oficiales.

La pregunta que todos deberíamos estar haciéndonos es ¿Hasta cuándo normalizaremos la violencia? ¿Llegaremos a transformarla en el status quo de nuestra sociedad? Después de todo, si hay algo a lo que los humanos somos adictos es a la rutina.

Hulu acaba de lanzar la primera temporada de una serie de televisión homónima. Acá pueden ver el trailer:

Vía: Biblioteca Viva / El cuento de la criada: Distopía feminista que sigue estremeciendo