Alejandra Costamagna: ponerse en el pellejo del otro

Alejandra Costamagna es una de las voces más inquietas e interesantes del panorama literario local. Su más reciente novela El sistema del tacto fue finalista del más reciente Premio Herralde de Novela y ha sido publicada por el sello español Anagrama. Conversamos con ella sobre su última obra, la migración y las nuevas formas de novelar.

Por Daniel Hidalgo.

Fue un anticipado Roberto Bolaño quién la identificó como parte de una camada de mujeres que “prometen comérselo todo” y una serie de notas de prensa en diarios internacionales las que la han ubicado dentro de un panorama singular y potente de escritoras latinoamericanas. Lo cierto es que Alejandra Costamagna (Santiago, 1970) ha ido moldeando una obra tan personal como inquietante, tan llamativa como trascendente. Desde su primeras publicaciones, las novelas En voz baja (LOM, 1996) —reeditada posteriormente como Había una vez un pájaro— o Ciudadano en retiro (Planeta, 1998), pasando por sus volúmenes de cuentos, Malas noches (Planeta, 2000), Animales Domésticos (PRH, 2011), e Imposible salir de la tierra (Estruendomudo, 2016), la autora ha buceado en diversas temáticas que, sin embargo, son recurrentes a lo largo de su obra. Si se tratara de palabras claves de un artículo académico, el asunto iría, más o menos, así: intimidad, silencio, alegoría, deseo, subversión.

Lo mismo se puede apreciar en El sistema del tacto (2018), flamante finalista del Premio Herralde de Novela pasado y recientemente editada por el sello Anagrama, siendo quizá su obra más ambiciosa. En ella, Costamagna, nos cuenta sobre Ania, descendiente de una familia cruzada por la migración, en búsqueda de la historia de sus antepasados, tomando como centro el tránsito y figura de su tía abuela, Nélida, quien abandona Italia, tras la Segunda Guerra Mundial, para asentarse en el pueblo argentino de Campana. Para ello, y como su protagonista que divaga por los límites geográficos, entre cordilleras y mares,  la autora se vale de una narración fronteriza entre la ficción y la biografía genealógica.

 Sobre El sistema del tacto ¿La definirías como una novela?

Levrero decía que una novela era “casi cualquier cosa que se ponga entre tapa y contratapa”. Y, en ese sentido, El sistema del tacto sería indiscutiblemente una novela. Pero fuera de salidas ingeniosas, para mí es una novela si pensamos que ésta puede tener hoy estructuras más abiertas, más híbridas, que incorporen elementos de otros géneros y disciplinas, así como otras materialidades. Tal vez habría que ampliar el abanico del concepto de novela.

¿Cómo se fue construyendo, entonces, esta novela? ¿Cómo llegaste a esta historia y los elementos que utilizaste para construirla?

Justamente pensando en que no estaba escribiendo una novela, sino un libro documental. Quería escribir una historia sin ficción. Pero en el proceso me fui dando cuenta de que la documentación pura y dura era igualmente una ilusión. Que no podía contar el pasado tal como había sido, que no podía restituirlo, que tampoco me interesaba hacerlo a fin de cuentas, y que inevitablemente iba a tener que proyectar, imaginar y poner en duda las versiones de lo que recogía como la verdad de los hechos.

Parte importante se refiere al tema de la migración, en un contexto como el Chile de hoy ¿se relaciona con los procesos migratorios actuales? ¿Son distintos? Y ¿De qué forma la literatura puede hacerse cargo de esto?

Hay sintonías con los procesos migratorios actuales, indudablemente. Sobre todo cuando vemos políticas de corte xenófobo y negativas a suscribir pactos multilateral de migración, como ha ocurrido acá mismo. Hay sintonías temporales por oposición, incluso, en los efectos que las posturas oficiales puedan tener. En la novela menciono los alcances de la política argentina del “Gobernar es poblar”, que implicaba un fuerte estímulo a la inmigración. Cosa absolutamente contraria a lo que ocurre hoy en Chile, aunque detrás de esa política argentina estuviera la idea de traer sujetos “civilizados”. Pero más allá de la recepción en los países de llegada, las consecuencias de la migración en términos de procesos identitarios, de integración a una comunidad o de sentido de pertenencia son parecidos en una época y otra. Hay muchos puentes que podemos establecer ahí, partiendo por la urgencia de convertirse en otros, de parte de los migrantes en sus lugares de destino. Y eso me parece sumamente literario. ¿Qué otra cosa sino ponernos en el pellejo de los otros, ser otros, asumimos al escribir?

Sobre esta indagación en el relato de corte limítrofe o fronterizo –en cuanto a los géneros–, ¿cómo utilizaste la ficción y lo biográfico? ¿Qué vino primero?

Lo primero fue lo documental. Que pasaba por lo biográfico, pero lo trascendía. Yo quería escribir una historia sobre los migrantes de fines del siglo XIX y comienzos del XX, que habían venido del Piamonte italiano a la provincia argentina. Eso estaba atravesado por la experiencia de mis bisabuelos. Pero en el camino me fui encontrando con otras olas migratorias y otras experiencias de desarraigo que iban más allá de la migración propiamente tal. Ese tema empezó a ganar terreno y el presente empezó a reclamar participación. Y con el presente llegaron las preguntas y las verdades a medias y las especulaciones y el vaivén entre el documento y la imaginación, y ya no hubo forma de volver atrás. En síntesis, te diría que hay una gran cantidad de referentes reales, pero que a la vez todo es ficción. Porque al mirar esas historias con los ojos del presente y escribirlas, al darles una trama y fragmentar el tiempo, al verbalizarlas, ese pasado traído a la memoria, eso real, se vuelve literatura.

¿Podría ser que tu faceta de periodista te gatilló a escudriñar en el espacio íntimo familiar o tiene más que ver con un concepto personal de literatura?

Puede que el estímulo original tenga que ver con una inquietud moldeada por lo periodístico, en el sentido de indagar, reportear, investigar, documentarme. Pero la búsqueda en el ámbito de la microhistoria, ese escudriñar en el puertas adentro, que es lo que terminó primando en El sistema del tacto, tiene más que ver con una constante que me ha movido desde mi primera publicación. Me refiero al espacio donde la intimidad y la historia se ven las caras de tú a tú.

Aparte de periodista y escritora, eres también docente. ¿Cómo conviven esas tres Alejandras? ¿Abordas los trabajos de forma distinta o son parte de lo mismo?

No estoy segura. Pero tiendo a pensar que todas esas Alejandras están atravesadas por una curiosidad parecida. Que en todas está la búsqueda del detalle y la particularidad, de lo que se sale de campo, del lado b, de la nota fuera de cuadro, de la basurita, la arruguita, la trizadura, de la mierdita del día a día, como dijo alguna vez Andrea Palet. Tal vez en las tres está la idea del borrador y el bosquejo antes que la misión concluida. Claro, cada espacio tiene su dinámica, pero en términos generales intento que no haya demasiada jerarquía entre la observadora y el objeto de observación o de trabajo. Tal vez, la mayor diferencia tiene que ver con que la escritura está asociada a un terreno mucho más solitario que el salón de clases o el sitio del reporteo. Y a ese lugar trato de volver siempre, cada vez que me engento, como dicen los mexicanos, me aturdo por la presencia de tanta gente.

Retomando El sistema del tacto, se trata, además, de un relato fragmentario, en donde utilizas diversos materiales, imágenes, fragmentos enciclopédicos, ¿hay una búsqueda más bien consciente de un nuevo espacio narrativo o se dio así por el tipo de texto que querías abordar?

Se fue dando en el proceso. Y me tomó por sorpresa o incluso te diré que por desesperación. De pronto empezaron a aflorar estos materiales y, tal como le ocurre a la protagonista, me encontré con una caja llena de fotografías, cartas, cuadernos y otros objetos que me sacudieron y me dejaron con la brújula dada vuelta. No sabía qué hacer con ellos, cómo incorporarlos al relato. Lo que pasaba era que todavía estaba operando con una lógica lineal y documental, entonces veía estas apariciones como fuentes. En algún momento cambié el switch y me di cuenta de que todos estos materiales y otros que surgirían a continuación eran más fantasmagorías que datos funcionales a una historia. Cuando logré escuchar su desbandada, su caos y sus vacíos como rastros vitalísimos, que hablaban desde un lugar menos restitutivo y más abierto al cruce de temporalidades, me di cuenta de que tenía que soltar y dejar que el archivo se impusiera a la memoria. Y que la imaginación hiciera lo suyo también en este espacio narrativo.

El texto es, a la vez, una suerte de diálogo con esta Nélida, una mujer de otra época, que no respondía a las imposiciones de su contexto. ¿Cómo fue intercambiar esa mirada femenina con la tuya propia desde un presente?

Al principio pensé que no tenía nada que ver una historia con la otra, y estaba muy empeñada en relatar exclusivamente el universo de Nélida. De hacer justicia y darle la voz que no pudo sacar en su momento. Pero luego comprendí que al hablar de ella estaba hablando de una constante en la historia de la humanidad. Hace poco leía Mujeres y poder, de Mary Beard, donde la ensayista inglesa nos hace ver que en la Odisea hay una escena en que Telémaco ordena a Penélope abandonar el perímetro de los varones y ubicarse en su rol de mujer. Beard concluye que ya en estos primeros escritos de la cultura occidental vemos el silenciamiento de las mujeres en las decisiones que regulan lo público. En el fondo, entonces, traer el universo de Nélida era mucho más que hablar de su historia concreta. Era un asunto más de miradas y sensibilidades comunes, que no nacieron con ella y que siguen plenamente vigentes. Y el presente tenía mucho que decir ahí. Sentir que no encajas en las demandas de un deber ser, que no respondes a ciertos imperativos laborales, de familia o de conducta trasciende con creces los tiempos.

Alejandra Costamagna | Foto extraída de Paniko.cl

 

¿Hubo textos de otros autores, que te hayan inspirado de alguna forma en la escritura de este libro?

Hubo muchas lecturas en distintos planos. Algunas que funcionaron como sedimentos, otras como atmósfera, otras como diálogo, otras como disparadores de sentido,otras como contrapunto, otras incluso como descarte. Desde libros históricos sobre las oleadas migratorias a novelitas de terror de los años 70. Desde W.G Sebald o Walter Benjamin hasta Manuel Puig o Juan José Saer. Desde Natalia Ginzburg hasta María Sonia Cristoff. Tuve muchas y muchos compañeros de ruta, que generaron resonancias a veces inesperadas en lo escrito.

¿Se puede volver a escribir cuentos o novelas de forma tradicional tras este libro?

Qué difícil la pregunta. Supongo que cada texto responde a un momento de escritura y busca su forma en el proceso mismo. No sé cuál sea mi próximo momento y qué registro surgirá de eso, pero supongo que en un mundo en el que han cambiado radicalmente las formas de mirar al otro, de mirarse a uno mismo y de representar lo real, las formas de narrar ya no vuelven a ser las mismas. Lo que imagino es que seguiré trabajando a partir de las fisuras, los vacíos y las zonas de incertidumbre, tal como ocurrió en El sistema del tacto. Y que igualmente descubriré lo que hay dentro de lo que escribo mientras lo voy escribiendo.

Considerando que han pasado más de dos décadas desde que debutaste con tu novela En voz baja, y que has tenido experiencias editoriales diversas, ¿cómo observas, en comparación, el panorama literario de hoy?

Es muy significativa la consolidación de las múltiples editoriales autogestionadas que surgieron en el nuevo siglo. Eso ha implicado un cambio que tiene que ver con una gran diversidad de registros y que ha hecho visibles escrituras y autores que a lo mejor no conoceríamos o llegaríamos más tarde a ellos. Creo que hoy vemos una escritura mutante, que va cambiando sus huellas, como si estuviera en proceso infinito. Puede que los temas no sean tan distintos de época en época, pero sí cambian la mirada y la respiración. Hoy veo voces heterogéneas, que buscan otras estrategias para ensayar espacios de disenso. Que, por ejemplo, abordan la memoria desde lugares propios, no necesariamente haciendo alusión explícita a los fantasmas que nos penaron a los que vivimos la infancia en dictadura. Y que se ocupan también de los malestares del presente, asociados a la instalación y la naturalización del modelo. Pero también de temas como la homofobia, la transfobia, el racismo, la xenofobia, el machismo y todo un ámbito de violencia soterrada.

Vía: Biblioteca Viva / Alejandra Costamagna: ponerse en el pellejo del otro